Sgrande.jpgCÓMO PASTOREAR A PERSONAS CON QUEBRANTOS SEXUALES
Rosaria Butterfield
 

Conocer a Cristo nos lleva a evaluar la realidad de una forma definitiva, pues nos lleva a enfrentar el hecho de que nuestro pecado es nuestro mayor problema. Cada día, el creyente debe enfrentar la realidad de que el pecado original nos distorsiona, el pecado actual nos distrae y el pecado que mora en nosotros nos manipula. Esta distorsión, distracción y manipulación crea una brecha entre nosotros y nuestro Dios. Estamos en guerra, y mientras más pronto nos demos cuenta de eso, mejor.

El quebranto sexual está cargado de vergüenza, puesto que el pecado sexual es en sí mismo un depredador: nos persigue, nos atrapa y nos seduce para que cumplamos sus órdenes. El pecado sexual no descansará hasta conseguir su objetivo. Cuando nuestra conciencia nos condena, a veces tratamos de pelear. Sin embargo, cuando la vergüenza nos obliga a aislarnos, nos escondemos de las mismas personas y recursos que necesitamos en ese momento. Nos angustiamos hasta que Satanás nos promete engañosamente obtener un alivio placentero sólo si nos permitimos esa mirada lujuriosa, si damos click a ese link de Internet o si apagamos las luces de nuestros dormitorios y corazones para abrazar a esa persona que, hecha también a la imagen divina, Dios nos ha prohibido.

Nosotros, ovejas sexualmente quebrantadas, sacrificaríamos matrimonios fieles, hijos valiosos, ministerios fructíferos, trabajos productivos y reputaciones intachables por placer sexual inmediato e ilícito. 

Podríamos orar sinceramente por la liberación de un pecado sexual específico y, aun así, ser víctimas de su engaño cuando una falsa versión de él nos seduzca. Cuando oramos por liberación de pecado por medio de la sangre expiatoria de Cristo, significa que conocemos la verdadera naturaleza del pecado y sabemos también que esto no significa que nunca más nos vayamos a sentir atraídos por él. Si quieres ser fuerte en tus propios términos, Dios no te responderá. Dios quiere que seas fuerte en el Cristo resucitado.

Las personas sexualmente quebrantadas —tú y yo— necesitan conocer profundamente las siguientes realidades espirituales si es que quieren encontrar libertad en Cristo y pastorear a otras personas que luchan con esto:

 

El amor de Dios

Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Ro 5:8). La muerte de Cristo es personal: fue “por nosotros”. Si estás en Cristo, su amor expiatorio tiene el poder para salvarte de tu pecado y de tu culpa. El pecado sexual produce tres cosas que alejan al amor de Dios: en primer lugar, practicarlo a lo largo del tiempo seca la conciencia, lo que nos hace insensibles y necios frente a la belleza de la santidad; en segundo lugar, debido a que el pecado sexual aflora en secreto, nos aísla de la familia de Dios; por último, el pecado sexual normalmente involucra a otra persona y, por lo tanto, lleva a alguien más a pecar, aumentando así la extensión y el daño del pecado. Si sufres por el peso que tiene el pecado sexual en ti, ven a Jesús, porque su yugo está enraizado en el amor de Dios. Dios es amor y está a tu favor. Él está abogando por ti; quiere que conozcas su amor.

 

El perdón de Dios

“Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano. Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: ‘confesaré mis iniquidades al Señor;’ y tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Sal 32:3–5). Vivimos en un mundo que está enseñando cada vez más la idea de que perdonarse a sí mismo borra la vergüenza. Esta idea viene de una falsa e incompleta antropología de la persona. No nos creamos a nosotros mismos; por lo tanto, no podemos auto-perdonarnos. Debido a que Dios está a favor tuyo, él quiere perdonarte y restaurarte. Él ama al corazón quebrantado y arrepentido.

 

La sanidad de Dios por medio de Cristo

Él envió su Palabra y los sanó y los libró de la muerte (Sal 107:20). Sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas (Sal 147:3). Por medio de su sangre, Cristo satisfizo la justicia de Dios. En este acto supremo de amor está la solución para la culpa agobiante del pecado sexual. Por sus llagas fuimos sanados (Is 53:3).

 

La provisión de Dios para tu dolor

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios te toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios (2Co 1:3-4). El pecado sexual tiene consecuencias que no podemos controlar y que ni siquiera podemos ver hasta que el Espíritu Santo saca la venda de nuestros ojos. El pecado sexual es tirano: el aborto requiere la muerte de un ser que aún no ha nacido; la homosexualidad, la condena del orden de la creación de Dios; el adulterio, la traición de los votos que se hicieron ante Dios y la destrucción de “una sola carne”; la pornografía, esclavos sexuales y el reclutamiento de mujeres y niños para la industria traficante de sexo. Cuando los creyentes cometen pecado sexual, escupimos a Dios en la cara. Sin embargo, cuando nos arrepentimos y abandonamos el pecado sexual, somos restaurados.

La providencia de Dios tiene un lugar para tu dolor. Debido a que otros no pueden ver porque están cegados por el pecado (todavía), tú eres una señal que puede llevarlos a Dios. Ves la sangre en tus manos, sientes cómo el castigo y la culpa se van y trabajas como un embajador de Cristo.

 

El pueblo de Dios

No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres. Fiel es Dios, que no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que pueden soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que puedan resistirla (1Co 10:13). En la iglesia, cada uno es una vía de escape para su hermano. Dios ya la ha preparado, por medio de su Palabra y de su Espíritu y, también, por medio del cuerpo de Cristo y la simple práctica de la hospitalidad. Abrir tu casa y tu corazón es la vía de escape para algún hermano o hermana en la fe.

Jesús respondió, “en verdad les digo, que no hay nadie que haya dejado su casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierras por causa de Mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna” (Mr 10:29–30).

En este pasaje, Jesús habla de la familia de Dios cuyo amor, presencia y buena compañía son lo que el Señor usa para devolver “cien veces” lo que sea que se haya dejado por causa de Cristo. El evangelio es costoso, pero vale la pena.

Sin embargo, estos principios bíblicos no son sólo apuntes para guiarnos. No puedes pastorear a personas con quebrantos sexuales hasta que no te hayas empapado de la Palabra de Dios, bebiendo lo más posible de sus profundos pozos. Nuestro prójimo sexualmente quebrantado no necesita ser principalmente instruido en la cosmovisión cristiana; necesita que lo lleves a los pies de la cruz. Antes de poder hacer esto, nosotros mismos debemos “sacar provecho de la Palabra” (como dice el título del libro de A.W. Pink). Debemos saber que el arrepentimiento es la puerta de entrada a Dios.

 

Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
Traducción: María José Ojeda
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