1.pngCÓMO AMAR A DIOS CON NUESTRAS MENTES
R.C. Sproul
 

La mente humana es uno de los aspectos más increíbles de la creación. Es más poderosa que la más grande supercomputadora: puede resolver gigantescos problemas y realizar importantes descubrimientos. Esto provoca que los efectos noéticos del pecado sean particularmente trágicos.

Los efectos noéticos del pecado describen el impacto que este tiene sobre el nous (la mente) de la humanidad caída. La caída ha afectado y corrompido gravemente la facultad de pensar (con la que razonamos). En nuestro estado natural, no regenerado, hay algo que está considerablemente mal en nuestras mentes. Como consecuencia de nuestra supresión del conocimiento de Dios por nuestro pecado, hemos sido entregados a una mente depravada (Ro 1:28).

Tener una mente depravada es terrible; una mente que, ahora, en su condición caída, no tiene ni el más mínimo deseo de amar a Dios. Sin embargo, en Adán, ese es el tipo de mente que elegimos para nosotros, así que en nuestra condición caída natural, no hay nada más repugnante para nuestras mentes que amar a Dios. Mientras no seamos regenerados, por naturaleza, tenemos tal aversión para amar a Dios que nos ahogamos al solo pensar en el mandamiento de Cristo que dice que debemos amar a Dios con nuestras mentes (Mt 22:37).


Nuestras mentes han sido corrompidas por el pecado, pero eso no significa que nuestra capacidad de pensar haya sido aniquilada. Los mejores pensadores paganos aún pueden identificar errores de lógica sin haber nacido de nuevo. No es necesario ser regenerado para obtener un Ph.D. en matemáticas. La mente caída conserva la capacidad de seguir una argumentación formal hasta cierto grado, pero eso termina cuando comienza una discusión sobre el carácter de Dios porque es ahí donde el sesgo es tan fuerte y la hostilidad tan grande que muchas de las personas más brillantes tropiezan. De hecho, si una persona comienza a razonar negándose a reconocer lo que sabe que es verdad (que existe un Dios), sucederá que mientras más brillante sea, más lejos de Dios los llevará su razonamiento.

Por lo tanto, cualquier consideración de la mente humana debe comenzar con el entendimiento de que, por naturaleza, la mente no ama a Dios en absoluto y no lo hará a menos que Dios el Espíritu Santo cambie la disposición de la mente inmediata y soberanamente para establecer nuestros afectos en él. La regeneración es la condición necesaria para que podamos amar a Dios con nuestras mentes. Sin ella, no existe el amor a Dios. Por tanto, tenemos que deshacernos de la idea generalizada en el mundo evangélico que dice que los no creyentes son unos buscadores de Dios. El hombre natural no busca a Dios. Las personas que no han sido regeneradas y que pareciera que buscaran a Dios, como dijo Tomás de Aquino, buscan los beneficios que solo Dios puede dar, pero no buscan a Dios mismo.

Tengan en cuenta, sin embargo, que no se elimina toda la aversión de la mente hacia Dios en el minuto que nacemos de nuevo. Después de la regeneración, por primera vez en nuestras vidas, estamos dispuestos a aceptar las cosas de Dios en lugar de ir en contra de ellas. Se nos da un deseo por tener a Dios en nuestro pensamiento, en lugar de despreciarlo. No obstante, los efectos residuales de nuestra condición humana caída y su poder permanecen y no serán eliminados del todo hasta que seamos glorificados en el cielo. Todo el peregrinaje de la vida cristiana en nuestra santificación es aquel en el que buscamos amar a Dios cada vez con nuestras mentes.

Jonathan Edwards dijo una vez que buscar a Dios es el principal asunto del cristiano. Entonces, ¿cómo buscamos a Dios? Al buscar renovar nuestras mentes. No podemos amar a Dios al sustituir una cadera, una rodilla ni siquiera un corazón. La única forma en la que podemos ser transformados es por medio de la renovación de nuestras mentes (Ro 12:1-2). Una mente renovada viene de una búsqueda diligente del conocimiento de Dios. Si despreciamos la doctrina, si despreciamos el conocimiento, eso probablemente indica que todavía estamos en una condición caída en la que no queremos a Dios en nuestro pensamiento. Los verdaderos cristianos quieren que Dios domine su pensamiento y llene sus mentes con ideas de sí mismo.

¿Acaso no es extraño que nuestro Señor diga que somos llamados a amar a Dios con nuestras mentes? Normalmente, no hablamos de amor en términos de una actividad intelectual. Es más, gran parte de lo que entendemos por amor en nuestra cultura secular se describe en categorías pasivas. Cuando hablamos de enamorarnos, lo hacemos como algo que pasa fuera de nuestra voluntad, como un accidente.

Sin embargo, el amor real no es algo involuntario. Es algo que hacemos con determinación basándonos en nuestro conocimiento de la persona que amamos. No puede haber nada en el corazón sino está en la mente primero. Si queremos tener una experiencia con Dios directamente en donde pasamos por alto la mente, estamos en una misión inútil. No puede suceder. Quizás aumente la emoción, el entretenimiento y la excitación, pero no vamos a aumentar nuestro amor por Dios porque no podemos amar lo que no conocemos. Un cristianismo sin mente no es cristianismo en lo absoluto.  

Si queremos amar más a Dios, tenemos que conocerlo más profundamente. Mientras más busquemos la Escritura y más centremos la atención de nuestras mentes en quién es Dios y en lo que ha hecho, entenderemos un poquitito más sobre él y más estallará nuestra alma. Tenemos un mayor fervor para honrarlo. Mientras más entendamos a Dios con nuestras mentes, más lo amaremos con ellas.

Amar a Dios con nuestras mentes significa tenerlo en alta estima, pensar en él con reverencia y adoración. Mientras más amemos a Dios con nuestras mentes, más seremos impulsados a hacer esa otra cosa que nos es ajena en nuestra condición caída: adorarlo. Buscar a Dios con nuestras mentes simplemente por disfrute intelectual y sin el propósito final de amarlo y adorarlo significa no entender lo que es amarlo con nuestras mentes. El verdadero conocimiento de Dios siempre da fruto: un mayor amor por Dios y un mayor deseo por adorarlo. Mientras más lo conocemos, más glorioso nos será. Mientras más glorioso sea para nosotros, más inclinados estaremos para alabarlo, honrarlo, adorarlo y obedecerlo. 

Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
Traducción: María José Ojeda
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