9.jpg¿ANIQUILACIÓN O CASTIGO ETERNO?
Robert Peterson 

El aniquilacionismo es la perspectiva que algunas personas tienen de que los perdidos en el infierno serán exterminados después de que hayan pagado el castigo por sus pecados. Los defensores de este criterio ofrecen seis argumentos principales:

El primero es un argumento basado en el uso que la Biblia hace de la imagen del fuego para describir el infierno. Se nos dice que el fuego consumirá todo lo que sea arrojado a él, y lo mismo hará el lago de fuego (Ap 19:20; 20:10, 14, 15; 21:8): quemará a los malvados para que no vuelvan a existir. 

El segundo es un argumento basado en los textos que hablan del perecimiento o destrucción de los perdidos. Dentro de los ejemplos se incluye el perecimiento de no creyentes (Jn 3:16) y el sufrimiento del «castigo de eterna destrucción» (2Ts 1:9). 

El tercero es un argumento basado en el significado de la palabra eterno. En los pasajes relacionados con el infierno, se afirma que lo eterno significa «solo perteneciente a la era venidera» y a la «eternidad». 

El cuarto es un argumento basado en una distinción entre el tiempo y la eternidad. Los aniquilacionistas se preguntan: ¿cómo puede ser justo por parte de Dios castigar a los pecadores por la eternidad cuando sus crímenes fueron cometidos en un tiempo limitado?

El quinto es un argumento emocional que dice que Dios mismo y sus santos nunca disfrutarán el cielo sabiendo que hay algunos seres humanos (seres queridos y amigos) que estarán para siempre en el infierno. 

El sexto es un argumento que postula que un infierno eterno empañaría la victoria de Dios sobre el mal. La Escritura declara que al final Dios tendrá la victoria; él será «todo en todos» (1Co 15:28). Se nos ha dicho que es difícil hacer coincidir esta idea con la de seres humanos sufriendo incesantemente en el infierno. 

Responderé cada uno de estos argumentos sucesivamente. En primer lugar, tenemos el argumento del fuego eterno. Muchos pasajes usan este lenguaje sin interpretarlo. Es posible, por lo tanto, inferir diversas perspectivas de tales pasajes, dentro de ellas el aniquilacionismo. Sin embargo, no queremos que nuestras ideas formen lo que la Biblia dice; sino más bien, que nuestras ideas emanen de la Biblia. Y cuando lo hacemos, encontramos que algunos pasajes impiden que tengamos una comprensión aniquilacionista del fuego del infierno. Estos incluyen la descripción del infierno que Jesús hace en la parábola del hombre rico y Lázaro como «un lugar de tormento» (Lc 16:28) que contiene «agonía en esta llama» (v.24). 

Cuando el último libro de la Biblia describe las llamas del infierno, no habla de una consumación total sino que dice que el perdido «…será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero. El humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos. No tienen reposo, ni de día ni de noche...» (Ap 14:10-11). 

En segundo lugar se encuentra el argumento de los pasajes que hablan de la destrucción o el perecimiento. Una vez más, cuando la Escritura simplemente usa las palabras sin interpretarlas, se pueden inferir muchos puntos de vista. Sin embargo, nuevamente, queremos obtener su significado desde la Biblia. Es imposible hacer coincidir algunos pasajes con el aniquilacionismo. Pablo describe el destino del perdido como el sufrimiento del «castigo de eterna destrucción» (2Ts 1:9). También es revelador el destino de la bestia en Apocalipsis. Para él se profetiza «destrucción» en el capítulo 17:8, 11. La bestia (junto con el falso profeta) es arrojada al «lago de fuego que arde con azufre» (19:20). La Escritura no se equivoca cuando describe el destino del diablo, la bestia y el falso profeta en el lago de fuego: «serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (20:10). Por lo tanto, la «destrucción» de la bestia es un tormento eterno en el lago de fuego.

En tercer lugar, tenemos el argumento de la palabra eterno. En los pasajes relacionados con el infierno, se afirma que lo eterno significa «solo perteneciente a la era venidera» y no a la «eternidad». Y en los textos en los que se habla sobre los destinos finales, eterno sí se refiere a la era que está por venir. No obstante, la era venidera dura lo mismo que la vida del mismo Dios eterno. Puesto que él es eterno —él «vive por los siglos de los siglos» (Ap 4:9,10; 10:6; 15:7)— también lo será la era venidera. Jesús claramente presenta esto en su mensaje de las ovejas y los cabritos: «estos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna» (Mt 25:46, énfasis del autor). El castigo del perdido en el infierno tiene la misma extensión que el de la dicha de los justos en el cielo: ambos son eternos. 

En cuarto lugar tenemos el argumento que sostiene que Dios es injusto al castigar a los pecadores eternamente por sus pecados temporales. Me deja sin palabras el hecho de que el ser humano sea tan atrevido para decirle a Dios lo que es justo y lo que es injusto. Es más sabio que determinemos lo que él considera justo o injusto por medio de su Santa Palabra. 

Jesús no deja duda. Él le dirá a los salvos, «vengan, benditos de mi padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo» (Mt 25:34). Él le dirá a los perdidos, «apártense de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles» (v.41). Ya hemos visto a Juan definir al fuego como un castigo eterno consciente en el lago de fuego para el diablo (Ap 20:10). Un par de versículos después, leemos que los seres humanos que no son salvos comparten el mismo destino (vv. 14-15). Evidentemente, Dios piensa que es justo castigar a los seres humanos que se rebelan contra él y su santidad con un infierno eterno. ¿Realmente nos corresponde considerar esto injusto? 

Comentaré el quinto y sexto argumento juntos. El quinto es el argumento emocional que sostiene que Dios y sus santos nunca disfrutarán del cielo si es que supieran que sus seres queridos y amigos estarán en el infierno para siempre. El sexto, trata de que un infierno eterno empañaría la victoria de Dios sobre el mal. Vale la pena notar que los universalistas usan estos mismos dos argumentos para insistir en que Dios finalmente salvará a cada ser humano. Sostienen que Dios y su pueblo no disfrutarán de la dicha del cielo si una sola alma permaneciera en el infierno. Al final, todos serán salvos. Y Dios sería derrotado si cualquier criatura hecha a su imagen fuera a perecer para siempre. 

Considero que estos argumentos, del aniquilacionismo y del universalismo (desde la emoción y desde la victoria de Dios), serían como volver a escribir la historia bíblica, algo que no tenemos derecho a hacer. Digo esto porque los últimos tres capítulos de la Biblia presentan el estado eterno de las cosas. Los santos resucitados serán bendecidos con la presencia eterna de Dios en la nueva tierra (Ap 21:1-4). Y, curiosamente para nuestra presente discusión, cada uno de los tres últimos capítulos de la Escritura presentan el destino de quienes no son salvos: 

Y el diablo que los engañaba fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta. Y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos (20:10). 

La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda: el lago de fuego. Y el que no se encontraba inscrito en el Libro de la Vida fue arrojado al lago de fuego (vv. 14-15).

Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras, y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (21:8). 

Bienaventurados los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas a la ciudad. Afuera están los perros, los hechiceros, los inmorales, los asesinos, los idólatras, y todo el que ama y practica la mentira (22:14-15). 

La historia de la Biblia no termina diciendo, «y los injustos fueron destruidos y no existieron más»; tampoco dice, «y al final todas las personas fueron reunidas en el amor de Dios y fueron salvas». Al contrario, cuando Dios termina su historia, su pueblo se regocija en la dicha eterna junto a él en la nueva tierra. Pero los malvados sufrirán un tormento interminable en el lago de fuego y serán excluidos de la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén, que es la morada gozosa de Dios y su pueblo para siempre. No tenemos derecho para volver a escribir la historia bíblica. Al contrario, debemos dejar que Dios defina lo que es justo e injusto y lo que va acorde con su ser «todo en todos». Él no nos deja dudas sobre el infierno porque él ama a los pecadores y quiere que crean en el Evangelio en esta vida. 

Qué amable y misericordioso fue de su parte incluir esta invitación al final de su historia: «el Espíritu y la esposa dicen: "Ven". Y el que oye, diga: "Ven". Y el que tiene sed, venga; y el que desee, que tome gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22:17). Todo aquel que confíe en Jesús, en su muerte y resurrección para ser rescatado del infierno tendrá parte en el árbol de vida y en la Santa Ciudad de Dios. Todos lo que hacen eso con todos los santos pueden decir ahora y para siempre: 

¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos (19:1–2). 

Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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El Dr. Robert A. Peterson es profesor de teología sistemática en el Seminario Teológico Covenant en St. Louis. Es autor de Hell on Trial [Infierno bajo juicio], coautor de Two Views of Hell [Dios perspectivas del infierno] y coeditor de Hell Under Fire [El infierno bajo el fuego].

 

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