3fantasma_g.jpg3 FANTASMAS FEMENINOS QUE RONDAN LA IGLESIA
Jen Wilkin
 

Nunca olvidaré cuando conocí a mi pastor. Nuestra familia había estado dos años en la iglesia antes de que un encuentro con otro miembro del liderazgo cruzara nuestros caminos. Lo primero que dijo fue: «Jen Wilkin, ¡te has estado escondiendo de mí!». Con una enorme sonrisa, me dio un abrazo cordial y luego me preguntó por las personas y las cosas que me interesaban. Mantuvo el contacto visual e hizo eco de lo que yo decía. Me distraje completamente: no recuerdo qué libros había en su escritorio ni los cuadros que colgaban de las paredes, pero ese día salí de su oficina habiendo percibido algo crucial: «Este sitio no está embrujado».

Tenía razón; me había estado escondiendo. Tras varios años de ministerio a tiempo parcial en nuestra iglesia anterior, Jeff —mi marido— y yo estábamos agotados y no teníamos prisa por conocer ni ser conocidos por el personal de nuestra nueva iglesia. Sin embargo, siendo una mujer con un trasfondo de liderazgo, tenía otras dudas también. Cualquier mujer en el ministerio podrá decirte que nunca se sabe cuándo estás entrando a una casa embrujada.

Si eres un hombre que forma parte del personal de la iglesia, considera lo siguiente como una especie de historia de fantasmas. Debo aclarar, sin embargo, que ni por un minuto pienso que detestes a las mujeres. Sé que hay razones válidas para adoptar un acercamiento mesurado a la forma en que interactúas con nosotras en escenarios ministeriales. Quiero absolutamente que actúes con sabiduría, pero no quiero que caigas en el embrujo: Tres fantasmas femeninos rondan la mayor parte de las iglesias, y quiero que los reconozcas para que puedas expulsarlos de la tuya.

Estos tres fantasmas se cuelan en las reuniones del directorio en que se toman las decisiones claves. Vuelan por las aulas en que se enseña teología. Se quedan en las salas de oración donde los más débiles de nosotros expresan su dolor. Infunden temor tanto en los corazones de hombres como de mujeres, y lo que es peor, inspiran temor en las interacciones entre ellos. Todo lo que buscan es neutralizar la capacidad de hombres y mujeres para ministrar juntos o servirse mutuamente.

Aunque no siempre estés consciente de que estos fantasmas vuelan sobre nosotros, sí suelen estarlo las mujeres con las que interactúas  en el ministerio. Casi todas las semanas oigo historias de fantasmas en los correos que me envían las lectoras de mi blog.

Los tres fantasmas femeninos que nos persiguen son la Usurpadora, la Tentadora y la Niña.

1. La Usurpadora
Este fantasma obtiene permiso para aparecerse cuando se percibe a las mujeres como ladronas de autoridad. Particularmente susceptibles al temor que infunde este fantasma son aquellos hombres a quienes se les ha enseñado que las mujeres buscan una forma de adquirir lo que se les ha dado a ellos. Si este es tu fantasma, quizás te comportes de las siguientes formas cuando te relacionas con una mujer, y especialmente si se trata de una mujer fuerte: 

  • Sus ideas u opiniones te parecen algo amenazantes, e incluso cuando ella procura expresarlas en términos suaves.
  • Supones que probablemente su esposo es débil (o que, si es soltera, esto se debe a la fuerza de su personalidad).
  • Te preocupa un poco que, si le das la mano, ella se tome el codo.
  • Evitas incluirla en reuniones en las que crees que una perspectiva femenina fuerte podría generar olas o arruinar el ambiente masculino.
  • Percibes su nivel de educación, largo de cabello o trayectoria profesional como potenciales señales de alerta indicando que podría querer controlarte de algún modo.
  • Tus conversaciones con ella lucen más como prácticas de boxeo que como un diálogo mutuamente respetuoso. Vacilas en hacer preguntas, y cuando las hace ella, tiendes a percibirlas como desafíos encubiertos más que como dudas honestas.
  • Te preguntas en silencio si su comodidad al hablar con los hombres es una señal de desacato a los roles de cada género.

2. La Tentadora
Este fantasma obtiene permiso para aparecerse cuando la preocupación por evitar la tentación o ser irreprensible se convierte en un temor a las mujeres como depredadoras sexuales. A veces este fantasma se instala gracias al fracaso moral de algún líder público, sea dentro de la iglesia o dentro de la subcultura cristiana más extendida. Si este es tu fantasma, quizás te comportes de las siguientes formas cuando te relacionas con una mujer, y especialmente si se trata de una mujer atractiva:

  • Por temor a ser malinterpretado como coqueto, te desvives por asegurar que tu conducta no comunique demasiada accesibilidad o empatía emocional.
  • Evitas un contacto visual prolongado.
  • Te preguntas en silencio si eligió su vestimenta con el objetivo de dirigir tu atención a su figura.
  • Escuchas con muchísima atención para detectar posibles insinuaciones en sus palabras o gestos.
  • Cada vez que debes reunirte con ella traes a un colega o asistente —aun cuando la situación no deja lugar alguno a malas interpretaciones—.
  • Vacilas en ofrecer contacto físico de cualquier tipo, y aun (¿o especialmente?) cuando ella está en crisis.
  • Limitas conscientemente la extensión de tus interacciones con ella por temor a que piense que actúas con demasiada familiaridad.
  • Te sientes obligado a utilizar una fraseología formal o «segura» cada vez que interactúas de manera escrita o formal con ella («¡Dale mis saludos a tu esposo!» o «¡Muchas bendiciones en tu ministerio y familia!»).
  • Siempre incluyes a un colega (o al marido de ella) en los destinatarios de los mensajes que le envías.
  • Te preguntas en silencio si su comodidad al hablar con los hombres es una señal de disponibilidad sexual.

3. La Niña
Este fantasma obtiene permiso para aparecerse cuando se piensa que las mujeres son emocional o intelectualmente más débiles que los hombres. Si este es tu fantasma, quizás te comportes de las siguientes formas cuando te relacionas con una mujer, y especialmente si se trata de una mujer más joven:

  • Le hablas en términos más simples que los que usarías frente a un hombre de la misma edad.
  • Tu tono cambia para dirigirte a ella con «voz de pastor».
  • Cuando le respondes, tiendes a abordar sus emociones en vez de sus pensamientos.
  • Percibes los encuentros con ella como momentos en los cuales puedes ofrecerle mucha sabiduría pero recibir poca de parte de ella. Tomas pocos apuntes, o absolutamente ninguno.
  • Cuando está en desacuerdo, la rechazas porque «probablemente no capta todo el panorama».
  • Durante tus interacciones con ella, te sientes obligado a sonreír notoriamente y poner «cara de que estás escuchando».
  • Le recomiendas recursos menos académicos que los que le recomendarías a un hombre.

Estos tres fantasmas no persiguen sólo a los hombres; también persiguen a las mujeres, definiendo las palabras que usamos, nuestro tono de voz, la vestimenta que llevamos y nuestro comportamiento. Cuando el temor gobierna nuestras interacciones, ambos géneros terminan inadvertidamente jugando roles que trastornan nuestra capacidad de interactuar como personas de igual valor. En la iglesia no-embrujada donde el amor supera al temor, las mujeres son percibidas (y se perciben a sí mismas) como aliadas en vez de antagonistas, hermanas en vez de seductoras, y colaboradoras en vez de niñas.

Indudablemente, Jesús nos da un ejemplo de esta clase de iglesia cuando se relaciona con María de Betania y su audacia que desafiaba la percepción de los géneros; cuando recibe la fragante ofrenda del alabastro de manos de una seductora arrepentida; y cuando nota que la mujer que padecía de hemorragias tiene la fe de un niño. Nosotros le habríamos aconsejado que «pecara de cauteloso» con estas mujeres. Sin embargo, aun cuando las mujeres parecían corresponder a un estereotipo claro, Él respondió sin temor. Si sistemáticamente «pecamos de cautelosos», es digno de notar que sistemáticamente pecamos. 

¿Hay mujeres que usurpan autoridad? Sí. ¿Hay mujeres que seducen? Sí. ¿Hay algunas que carecen de madurez emocional o intelectual? Sí. Y lo mismo puede decirse de algunos hombres. Sin embargo, debemos cambiar nuestro paradigma de recelo por uno de confianza, sustituyendo las etiquetas de usurpadora, tentadora y niña por las de aliada, hermana y colaboradora. Sólo entonces los hombres y las mujeres compartirán la carga y el privilegio del ministerio como debería suceder.

También recuerdo bien mi más reciente encuentro con mi pastor. Con frecuencia él ha dedicado tiempo a hacer comentarios positivos sobre mi ministerio o mis dones. Esta vez dijo algo que necesitaba oír más de lo que me había dado cuenta: «Jen, no te tengo miedo». No lo dijo desafiándome ni reprendiéndome, sino para transmitirme una firme y empática seguridad. Esa es la clase de palabras que invitan a las mujeres de la iglesia a florecer. Es la clase de palabras que hacen huir a los fantasmas. 

 

Publicado originalmente en: http://www.thegospelcoalition.org/article/3-female-ghosts-that-haunt-the-church
Traducción: Cristian Morán
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